Hablando se entiende la gente

Nota publicada en Página/12 el 17 de enero de 2016.

Amanecer en otro país muchas veces es despertar en otro idioma. Cuando eso sucede de un día para el otro y la mudanza es obligada, porque no queda otra salida para preservar la vida, el cambio puede traducirse en desesperación. ¿Cómo se saluda?, ¿cómo se pregunta por una calle, se pide un café, se hace una compra en el súper? ¿De qué modo se busca trabajo? ¿Qué se dice? Para un refugiado, de esos detalles puede depender la integración al lugar donde llega. Casi nada: la supervivencia. El idioma es la barrera invisible que puede hacer la diferencia, dicen quienes trabajan para demolerla a fuerza de clases y conversaciones en aulas multilingües, donde personas que sólo tienen en común haber arribado a Argentina para empezar otra vida hablan idiomas llegados de más de diez países distintos. Aprender a hablar español como segunda lengua, agregan, no es lo mismo que tomar clases de un idioma por el que se siente simpatía. De hecho, la experiencia puede ser tan intensa que, además de cambiar la vida del alumno, impacta para siempre en la del docente.

 

Territorio Babel

La contundencia está en el nombre: “Español de supervivencia”. ¿Por qué esa definición? “Es como un kit para sobrevivir. Vos ahora de un día al otro tenés que buscar refugio en China, ¿qué es lo primero? Decir cómo te llamás, saludar, explicar que necesitás vivienda, o tal vez ir al hospital, o pedir una indicación para ir a una dirección”, dice Genta. Se sobrevive como se habla, y en este caso lo concreto es imperativo.

“Aprender otra lengua es un esfuerzo enorme emocional, cognitivo, identitario. Para mí es admirable”, dice al pasar Florencia Genta. Doctora en Lingüística, profesora y licenciada en Letras, Genta es una de las docentes del Laboratorio de Idiomas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA que, convenio mediante con el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) y la Fundación Comisión Católica Argentina de Migraciones (Fccam), enseña español a refugiados recién llegados al país. Ella dice que llegar idiomáticamente desguarnecido es, en algún sentido, una experiencia límite para alguien que –además– debió decidir el cambio de país a la fuerza. Convencida de que una lengua es mucho más que simplemente una colección de gramática y vocabulario, agrega: “Aprender una lengua es también aprender la necesidad de conectarte con esa lengua, y eso es muy difícil. El conflicto que genera una nueva identidad lingüística tiene que ver con lo emocional. Vos sos también tu lengua y el conocimiento que traés”.

En más de quince años, por las aulas del Programa de Español para Refugiados pasaron los acentos de las migraciones forzosas que provocaron distintos conflictos en el mundo. En un mismo espacio, por las horas que dura la clase, pueden convivir niños, personas en sus 30, en sus 40, en sus 70 años; adultos que escapan de tierras aterradas por matanzas, guerras civiles, limpiezas étnicas; pueden haber llegado en barco, en avión, quizás hasta sin saber el destino final. Genta recuerda sus primeros cursos, habitados mayormente por alumnos de Costa de Marfil, tan distintos y a la vez tan parecidos a los de ahora, cuando el mapa de conflictos cambia pero las necesidades permanecen (ver aparte). “Para un refugiado, la necesidad de aprender el idioma es urgente. Y hay una angustia que vos como docente también sentís. En los primeros cursos, no habla nada, y de pronto ves que empieza a hablar, que empieza a tener esta cosa de la autonomía, porque vos tenés que lograr que sea autónomo, que aprenda los usos de la lengua en el lugar. Vos ves que esa angustia y esa urgencia que trae el refugiado hace que tu enseñanza de la lengua, eso que le estás dando, es una herramienta para mejorar un poco su vida. No es gracias a mí, es a gracias a su esfuerzo, pero esta enseñanza tiene otra implicancia para mí”.

–¿Qué cosas empiezan a mostrar esa autonomía?

–Te das cuenta de que empezás a hablar con esa persona: te cuenta cosas, te dice que pudo ir a comprar algo, que alquiló algo, que mejoró en su trabajo, que puede empezar a estudiar.

 

La vida en una valija

Jorge Fernández dice que algunas personas llegan “con lo puesto”. Coordinador del Programa de español para Refugiados por parte de la Fccam, que presta su sede para las clases, explica que su expresión es literal, porque suele suceder que, después de un lugar donde dormir, el idioma es lo más importante al llegar. Porque la Fccam trabaja en el tema pero “la responsabilidad de dar garantías a los refugiados es responsabilidad del Estado”, a Fernández su tarea lo mantiene en contacto permanente con la Comisión Nacional para los Refugiados (CoNaRe), adonde, por ejemplo, “la semana pasada una familia colombiana llego directamente con las valijas”. Las situaciones son tan distintas como acentos pueden escucharse en los pasillos del lugar, pero Fernández explica que lo importante está en otro lado: “No es lo mismo un migrante que un refugiado. Un migrante es alguien que sale de su país buscando mejores oportunidades. Un refugiado es alguien que tuvo que salir de su país porque su vida corría peligro”. Precisamente por eso, dicen Fernández y Genta, cada uno a su turno, no todos los estudiantes logran aprender el idioma: algunos pocos, sencillamente, no superan el shock de haber pedido refugio en otro país; tal vez su idioma natal sea lo último a lo que se aferran, aunque eso les impida integrarse en el lugar al que llegaron. “La reinserción depende de la capacidad de resiliencia. Vos podés tener muchos títulos y tal vez acá no te sirve, porque el problema no es el título sino cuánto comprendas del contexto, del idioma o si tenés alguna dificultad emocional” con el cambio. “Nos ha pasado con algunas personas que tienen un CV que incluye hasta artículos científicos, pero tienen alguna dificultad emocional y no lo logran”.

El contexto puede marcar un antes y un después, cuando el aprendizaje es de segunda lengua y por inmersión (la persona llega al lugar en el que todo transcurre en otro idioma; toma un clase para aprenderlo; al salir de la clase alrededor la vida sigue en ese otro idioma al que va llegando), en lugar de un idioma extranjero. Curiosamente, en estas clases es fundamental no estar en el aula. O mejor dicho: a veces el aula puede ser, por poner un ejemplo, Plaza de Mayo. “Son como paseos para que puedan ir como turistas, para que todo no sea solo ir al centro a buscar trabajo”, explica Genta. “Plaza de Mayo es ideal porque aprovechamos para ver algunos lugares históricos alrededor, como la Casa Rosada o el Museo del Bicentenario, que es buenísimo para que aprendan cosas de historia argentina. Vamos a lugares distintos para no aburrir: el Congreso, la casa de Carlos Gardel. En realidad, no es solo por la salida: la clase está preparada con un montón de funciones culturales y lingüísticas previas, y con la idea de compartir cosas. En la casa de Gardel, por ejemplo, pueden entender cómo vivía la gente en esa época y a mí me interesa porque justo les estoy enseñando el pretérito imperfecto”.

El espacio también puede funcionar como “un taller para que aprendan cómo somos los argentinos”, cree Fernández, que siente especial orgullo por una iniciativa del último año: ayudar a los refugiados a armar su cv. “Tenemos lindas experiencias. Ha habido gente que tenía por primera vez en su vida un cv. Para algunos fue la primera vez que veían sus conocimientos, saberes, competencias y demás ordenadas y sistematizadas”.

La calle, las personas

La mayoría son hombres. Cuando hay mujeres, muchas veces las más jóvenes llegan con sus niños, porque nadie puede cuidarlos. Son de Siria, Camerún, Turquía, Rusia, Armenia, por nombrar sólo algunos países de origen. Argentina no es restrictiva con el trabajo para inmigrantes y refugiados, pero la vida cotidiana todavía es prejuiciosa. Los alumnos cuentan: algunas miradas son despectivas, algunos chistes discriminan, algunas frases que no entendieron y llevaron a la clase para aprender su significado resultó ser un comentario estigmatizante para el refugiado africano que lo recibió. “En este momento, con la paranoia que hay hacia lo árabe en general, a una mujer siria le genera contratiempos salir con el velo a la calle. Otros refugiados te dicen que no tuvieron ningún problema, que fueron súper integrados, que se sienten bien. Pero claro, muchas veces esos son los rubios de ojos azules”.

La clase final es un festín. Ese día cada alumna, cada alumno, comparte algo típico de su país. Una vez, una alumna de Nigeria vistió los trajes con los que se había casado allí, antes de viajar a la Argentina. Otro alumno, que era químico, compartió con sus compañeros el arte científico tras algunas reacciones químicas, que no serían típicas de su lugar de origen pero sin duda eran algo que él sabía hacer. Arriba, subiendo unos escalones desde la oficina de la Fccam donde transcurren los cursos, hay una pequeña cocina que también puede ser de la partida. Genta recuerda con mucho cariño gastronómico el “fufú”, una receta africana: “Es como una sémola que se hace en la olla y se come con la mano, acompañada de verduras, pollo, carnes”.

Con las semanas, los meses, los años, las docentes del Programa ven cambiar vidas. De algunas conocen los derroteros, porque los alumnos siguen en contacto. De otras, no. Sin embargo, las transformaciones son tan concretas y contundentes que les resulta evidentes. Genta podría enumerar detalles de la idea comunicativa de la lengua, pero el alma de lingüista dedicada a lo más concreto de una lengua –la vida cotidiana, tan poco nimio como eso– le gana. Sus alumnos fueron y son personas con historias que guarda con nombre, apellido, cara.

–¿Qué pasa al notar que las clases tienen un efecto tan claro y real?

–Emociona.

svallejos@pagina12.com.ar

http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-290484-2016-01-17.html